Aprendiendo, re-existiendo y construyendo… con las abejas

(De nuestra edición de verano 2019-2020)

Basta observar un poquito la organización de una colmena para constatar el poder de lo colectivo. Manos que sienten en las palmas otras manos laboriosas, pies que cosquillean con el ondular del suelo regenerando vida. Es necesario dejarnos contagiar por esa fortaleza. Y es imperioso contagiarla a su vez a otres.

¿Por dónde comenzar a desenmarañar esta madeja que nos trajo hasta la apicultura? Transitamos algunas reflexiones, como modo de mirar hacia adentro, hacia afuera, como modo de reconocer el paisaje, de extender las manos y de sentir con quiénes. Y es que llegamos a este caminar abejero como modo de hacer un nudito más en esta trama que nos va conteniendo, en esta red que nos permite saltar muchas veces sin temer al vacío.

Nuestra apicultura, está siendo periurbana. Y como todo lo que se encuentra en los márgenes, en los bordes, está en riesgo. Está en riesgo, porque la vida de las abejas está en riesgo, así como la vida de nuestros suelos y como la trama de nuestras propias vidas.

Es periurbana porque nuestro incipiente colmenar está en la franja de resguardo de las fumigaciones con agrotóxicos de Cañada de Gómez, SF. Esta zona de protección surge a partir de la sanción de la ordenanza Nº 9286 que intenta saldar el conflicto que desatan los venenos y es la pobre respuesta del municipio a los vecinos que se juntaron para reclamar, denunciar y gritar que paren de fumigarnos. Conflicto que se repite en todos los pueblos de la pampa sojera. En este caso, escasísimos 150 metros a partir del límite urbano.

No obstante, esta franja empieza a depurarse de venenos, se empieza a sacudir como quien se quita el polvo después de haber andado traveseando en los caminos. En ella, la vida comienza a gestarse nuevamente, de a poquito, las tramas vuelven a recordar cómo eran las relaciones entre bostas, descomponedores, rastrojos nutritivos y materia orgánica. Las lombrices vuelven a encontrar alimento para cavar sus galerías y dejar esponjoso el suelo en el que crecerán las primeras plantas pioneras, más resistentes a la degradación física, química, biológica de tantos años. Y el suelo vuelve a recordar cómo era eso de estar vivo. De ser capaz de producir alimentos sanos. En ese suelo periurbano, corcoveante de vida que empieza a renacer, sembramos en este otoño un trigo memorioso que recuerda cómo convertirse en harina y en pan. Sembramos una cebada que espera ser malteada por otras manos enredadas para volver en alguna pinta con aroma a autogestión y rebeldía. Y como la vida enseña que no somos sin los otros y las otras; y que esos otres son constitutivos de nuestra identidad, así es como ese trigo y esa cebada andan entreverados con trébol rojo y trébol blanco, apios cimarrones, borduras de chilcas y melilotus, sombras y perfumes de cina cinas florecidas.

Entonces… llegamos a las abejas. O casi mejor dicho, ellas llegaron a nosotres. Llegaron como núcleos, apenas unos 5 marquitos, con la abeja ponedora (“reina”) y una pequeña población súper laboriosa. Una pequeña colonia dispuesta a crecer, y a darnos tiempo a ir aprendiendo con ellas en el proceso de llegar, reconocer el nuevo espacio, salir a explorar, ubicar el sol, descubrir el agua, encontrar nuestros tréboles y las flores silvestres de este campo renaciente. Y se ve que todo eso les gustó o quizás sólo son porfiadas en la supervivencia de la vida, como en los márgenes, porque de un modo u otro, ahí se quedaron. Siempre emociona verlas en movimiento, comunitarias, organizadas, asumiendo roles, resistiendo la destrucción del ambiente a la que las sometemos y aún así regalándonos alimento y medicinas. La miel, dulce de azúcares, fuente de energía. El polen, riquísimo en proteínas, lípidos, vitaminas y minerales. La jalea real, compuesta por numerosas sustancias en armonioso equilibrio, que produce un efecto sinérgico entre ellas, generando un alimento de características excepcionales. Y el propóleo o própolis, la sustancia resinosa que posibilita la asepsia de la colmena y la sanidad de sus individuos.

La colmena es la metáfora de la reproducción de la vida. Un organismo en sí mismo, con “partes” en interacción, tan estrechamente relacionadas que ya no pueden entenderse en forma aislada. En delicado equilibrio dinámico. Capaz de concentrar calor en el invierno y ventilar en el verano para disiparlo, de mantener tibios a los huevos para garantizar la reproducción cuidando a cada integrante. Ninguna abeja en la colmena sobra y ninguna recibe si no colabora también en el sostenimiento colectivo del organismo. Y como tal, los alimentos que nos ofrece están vivos, son biológicamente activos, por lo que se continúan transformando aún después de extraerlos.

Porque la vida se vuelva a gestar en los campos. Que los periurbanos, puedan prefigurar, sean márgenes de la re-existencia. Para que seamos nosotres constructores de este otro mundo posible, rebelde y más igualitario.

Cane, Ema, Mini, Viole y Vivi

Cañada de Gómez, S.F.

(341)6108437. Face: La Porfía