Labrar o no labrar…¿esa es la cuestión?

La labranza acompaña al ser humano desde que cambia sus hábitos de nómade a sedentario, con lo cual los suelos se roturan desde hace más de 5000 años. Hoy la labranza está sujeta a diversos cuestionamientos. ¿Podemos prescindir totalmente de la labranza para producir alimentos? ¿Tiene este interrogante una respuesta tajante y absoluta?

En agroecología consideramos al suelo como un organismo vivo y por ende su fertilidad está dada por múltiples  procesos biológicos que hacen a su equilibrio y estabilidad. La labranza tiene como uno de sus objetivos, producir la  mineralización de nutrientes poniéndolos en pronta disponibilidad para ser utilizados por cultivos, pero también rompe con esos procesos biológicos  antes mencionados que son de muy lenta recomposición. Como dijimos anteriormente son de larga data los cuestionamientos a la producción roturando el suelo. Uno de ellos se basa en la potenciación de los problemas de erosión de nuestros suelos con los que sin dudas, desagregándolos y dejándolos sin cobertura, la labranza ha contribuido. También es cierto que la introducción del paquete tecnológico de siembra directa / insumos químicos, hizo un fuerte marketing contra la labranza aprovechando la considerable disminución del costo de los agroquímicos y el aumento del precio del gasoil. 

Si los que transitamos la carrera de Agronomía hacemos una revisión del enfoque que se le dio y se le da a la labranza, nos encontramos en primer lugar con una clasificación de distintos sistemas y tipos de labranza. Se comienza con la convencional, haciendo referencia principalmente a la utilización o no de arado de reja y vertedera. Sigue la labranza conservacionista, contemplando el porcentaje de residuos en superficie que deja la misma. Y se menciona también la labranza reducida determinada por una disminución en el número de pasadas u operaciones. La realidad es que la labranza no escapó a la simplificación y unificación de los sistemas productivos y muchas veces no se respetaron ni los periodos de agresión-recuperación (agricultura/ganadería), como tampoco las clasificaciones según capacidad de uso de los suelos. La maximización de beneficios determinaron los planteos productivos.

Entonces no puede meterse en la misma bolsa a una agricultura contínua basada en el uso del disco que a una disqueada para implantar pasturas; al uso de los fierros en otoño (con los suelos fríos y con baja insolación) que a una pasada en noviembre; y así hay mil ejemplos de que la cosa no siempre es blanco/negro.

 Esto no pretende ser un alegato en defensa de la labranza, pero si un intento de ver si la labranza per se, es la culpable de la degradación de los suelos.

La agroecología propone trabajar junto con la naturaleza y no la anulación y control de los mismos, motivo por el cual deja afuera la utilización de venenos para la producción de alimentos, pero volviendo al interrogante planteado unas líneas atrás, ¿es posible producir sin roturar los suelos? ¿Debemos desterrar la labranza de nuestros agroecosistemas? ¿Vamos a reemplazar el uso de agroquímicos con labranza? Podríamos argumentar que en los procesos naturales no hay labores mecánicas, como las que el hombre realiza con los implementos de labranza para el desarrollo de las distintas especies. También es cierto que los ecosistemas naturales no tienen como objetivo producir excedentes de alimentos para generar un beneficio económico. Este último aspecto implica que vamos a intervenir en los ecosistemas realizando modificaciones con el objetivo de producir alimentos para nosotros y generar excedentes que nos brinden un beneficio económico. 

Tratando de dar algunas respuestas a las preguntas antes planteadas, creo que deberíamos repensar el uso de la labranza en los sistemas de producción agroecológicos, tanto sean extensivos o intensivos (en huertas familiares o comerciales). Si creemos que hacer agroecología es reemplazar los barbechos químicos por los mecánicos estamos tropezando nuevamente con una piedra que trajo grandes inconvenientes a nuestros suelos. Pero si podemos escapar de la receta que unifica y simplifica, las distintas alternativas y sistemas de labranza son una herramienta tecnológica que en determinadas situaciones pueden ser de gran utilidad. Este puede ser el caso de una transición donde necesitemos controlar malezas o también contrarrestar los efectos de la compactación tanto superficial como subsuperficial, producida por el tráfico agrícola y el pisoteo. Habrá que analizar si algún implemento de labranza puede ayudarnos a resolver nuestro problema y cuál es la forma y momento correcto de utilizarlo con el fin de minimizar su impacto.

Vaya engrasando los alemites que la seguimos en próximas notas…

 

Andrés Fonterossa

Trenque Lauquen